lunes, 22 de febrero de 2010

Soledades

En la avenida principal que cruza mi barrio de parte a parte, a la altura de la estafeta de correos, existe, doblando la esquina, una pequeña calle sin salida con un sólo costado de corta fachada. El otro costado no existe o existe abierto y derramado es, un amplio espacio, un desolado solar, donde crecen caprichosamente altas hierbas alimentadas por el lodo de ocasionales lluvias. El desapercibido nombre de esta calle es Soledades. Una perpendicular, una herida, en la Avenida de las Ciencias, zona dorsal de una larguísima columna vertebral, cuya médula espinal es una interminable mediana de parterres jalonados de árboles, arbustos tallos de esbeltísimas farolas urbanas y semáforos que guiñan sin cesar.

Acertada metáfora, intencionada o no, de quien puso y dispuso nombre a cada cosa en este lugar.

Todos y cada uno de nosotros, poseemos iluminadas y suntuosas avenidas, llenas de ciencia,
y todos y cada uno de nosotros, dobladas soledades en las esquinas del alma, claramente rotuladas, soledades propias e inherentes al ser humano.

Sin embargo, presumo distinciones de calidad y cantidad, no todas las soledades son iguales. Así están las elegidas y las impuestas, las temporales y las crónicas, las asumidas y las enfrentadas, las sonoras y las silenciadas, …

El paisaje que veo, día a día, de mi ciudad, está poblado de calles Soledades, cuyo único costado es un semáforo. Soledades, cuyo rótulo en letra mayúscula asoma por las ventanas de los ojos de unos ángeles custodios que despliegan y abaten sus alas, ofreciendo paquetes de pañuelos de papel, a quienes parecen carecer de lágrimas que los empapen, bien porque ignoran el dolor o bien porque hubieron de acostumbrarse a vivir con él, por puro instinto de supervivencia.

Ellos son calles, casi virtuales, perpendiculares que aparecen y se desvanecen en el periodo de tiempo y espacio que dura la breve luz roja, obligando de forma inminente a los conductores a detener la marcha del vehículo.

Inexplicable e injusta razón, ajena a lo divino, les escogió para ser los expulsados del paraíso, condenándolos a la eterna infinitud de un eléctrico limbo.

En busca del paraíso llegaron aquí a hacer “las Españas”, quedando atrapados en el abismo de una nada que parpadea en tres colores.

Soledades que carecen de una cercana estafeta de correos-esperanza, abierta al público los días laborables en horario de oficina. Cuántas esquinas de dobladas soledades, unas más sobrecogedoras, sombrías y crueles que otras, a lo peor grabadas en unos ojos cansados que ya no buscan reflejarse en nada ni en nadie. Ésos ya miran sin ver, con las pupilas dilatadas y fijas en un perdido horizonte, atestado de metálicas chapas multicolores, desdibujadas por los gases que emiten los encendidos motores de irrefrenables prisas, que tapizan el gris asfalto en pos de una gloria que no les alcanza.

Ellos son parte de las vísceras de mi ciudad, la intrahistoria ignorada por la mayoría, pero están ahí, por si no se han dado cuenta.

Avenida de Kansas City, semáforo a la altura del edificio Renault, dirección Sevilla-Madrid. Más de diez años de absoluta fidelidad confirmada, fehaciente, desgarradora y viva prueba de mis palabras.

Qué irrisorias y pequeñas parecen mis inconfesables soledades de patio de recreo de orfandad de padre, de hermanos, de amigos, … al lado de estas otras.

Dicen que la existencia en la tierra es un “Valle de Lágrimas”, pero obviamente, unos lloran más que otros, hasta el punto de secarse, día a día, a la intemperie, apagándose, poco a poco, lentamente con el paso de los años, sin más luz que la de su semáforo.

Más aún, hay quien llora lágrimas de sangre: Congo, India, Palestina -Franja de Gaza-,…

Mientras tanto, algunas eminentes personalidades que ocupan relevantes cargos en las administraciones públicas, poseedores de mucha ciencia, tanta como la que se despacha en mi avenida de Sevilla Este, se les ha ocurrido personalizar, no sólo los inertes muros de la villa revistiéndolos de vistosos colores sino, hasta los contenedores de reciclaje con atractivas, expresivas y artísticas pinturas graffiti del más puro estilo urbano, posiblemente con la altruista intención de enriquecer, embellecer y enmascarar hasta el último detalle de fealdad, que pueda herirnos nuestra finísima sensibilidad de ciudadanos de primera en la percepción del entorno más cercano, procurándonos, de este modo, en estos tiempos de acelerada crisis, una mayor calidad de vida, una mejor existencia.

Pero ésto es nada, si comparamos con el necesario grado de iluminación que van a precisar a la hora de agudizar el ingenio para acometer y resolver el proceso de recuperación e integración de nuestros semáforos, cargados no sólo de un color propio, sino de una historia única, original, intransferible de atiborradas Soledades, imposibles de disimular con tan sólo alguna que otra mano de espesa pintura.

Moraleja:

No nos llamemos a engaño,
la caprichosa Fortuna
no siempre nos da la mano.
Y pudiera ser
que la tortilla se vuelva
que los pobres coman pan
y los ricos coman miércoles.

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